Autor: Adolfo González MontesDiscursos, Alocuciones y Otros EscritosNoticiasNoticias Obispo

CARTA CIRCULAR SOBRE LA CELEBRACIÓN Y LA DISPENSACIÓN DE LOS SACRAMENTOS A LOS FIELES EN TIEMPO DE PANDEMIA

A los párrocos y los sacerdotes con cura pastoral y sus comunidades parroquiales

 

Queridos sacerdotes y diocesanos, queridos hermanos y hermanas:

Algunos sacerdotes se encuentran preocupados por la incertidumbre que provoca la actual situación con relación a la dispensación de los sacramentos a los fieles, sobre todo por lo que se refiere a la celebración de las primeras Comuniones hasta ahora suspendidas. También hay preocupación por la administración de la Confirmación, y por la administración de los sacramentos de la Iniciación cristiana de los catecúmenos adultos que están pendientes de recibir los tres sacramentos de la Iniciación. Por ello y con ánimo de orientar en lo que es posible la actuación pastoral de este importante sector de la pastoral sacramental hago las siguientes observaciones.

I.- PRIMERAS COMUNIONES

Es muy comprensible la inquietud de algunos párrocos en el caso particular de las primeras Comuniones, si se tienen en cuenta todos los agentes que se hallan comprometidos en la celebración de las primeras Comuniones, como son primero los niños con la preparación que deben tener para acceder a la sagrada Eucaristía por primera vez; los padres, los párrocos y los catequistas y formadores de los colegios católicos. En la mayoría de los casos entran, además, en juego otros elementos no específicamente religiosos, como es la celebración festiva que suele comprometer la fecha de la misma en empresas de restauración.

La solución no puede venir dada fijando una fecha de antemano, o pensando que la pandemia habrá pasado en un tiempo imaginario y pronto. Lo que los expertos sanitarios nos van diciendo y las decisiones que las autoridades van tomando hacen suponer que es incierto el período de tiempo que durará la pandemia. No sabemos cuándo podrá darse por cancelada. Por esto mismo, nos hemos de preparar para servir a los fieles cuidando su vida sacramental lo mejor posible.

Precipitarse a poner fechas y acordar una fecha común para todos, no parece la mejor solución, porque en el supuesto de que un mes sea bueno para unas parroquias, tal vez no lo sea para otras por las fiestas que en ellas se celebran (si es que pueden llegar a celebrarlas). Del mismo modo, en los colegios católicos en los que se prepara a los niños para la primera Comunión tienen períodos lectivos normados por la ley y, en consecuencia, no siempre es posible que actúen los educadores cristianos como quisieran de manera coordinada con las parroquias, que siempre se debe pretender y, en lo posible, llevar a cabo.

Se hace, pues, necesario tener presentes algunos principios que deben respetarse, conscientes de que no somos dueños de las circunstancias que se nos imponen.

1º.- Necesaria preparación. La primera Comunión de los niños sólo se puede llevar a cabo si los niños han sido debidamente preparados mediante la catequesis y la introducción al nivel propio de su edad en la vida cristiana. Siempre es necesaria y, en gran medida determinante, la misión de los padres como catequistas de primera hora de sus hijos. El Directorio para la Catequesis dice lo siguiente en el caso de los niños cristianos: «En efecto, quienes le han dado la vida, enriqueciéndola con el bautismo, tienen el deber de seguir alimentándola continuamente»[1]. El Directorio continúa: «La catequesis familiar es, en cierto modo, insustituible, sobre todo por el ambiente positivo y acogedor, por el atrayente ejemplo de los adultos, por la primera y explícita sensibilización de la fe y por la práctica de la misma»[2].

Por su parte la ley universal de la Iglesia lo deja bien claro, los niños han de tener «suficiente conocimiento y hayan recibido una preparación cuidadosa, de manera que entiendan el misterio de Cristo en la medida de su capacidad, y puedan recibir el Cuerpo del Señor con fe y devoción»[3].

¿Consideramos que están los niños debidamente preparados? Si no lo están, ¿podría completarse por telemática estando en contacto párroco y familia? ¿Han seguido los párrocos las posibilidades de la catequesis en las familias con niños que se preparaban para recibir la primera Comunión cuando comenzó el confinamiento?

2º.- Cuándo administrar las primeras Comuniones. ¿Nos quedan meses aptos para la celebración de las primeras Comuniones? Tengamos en cuenta que, en el presente curso pastoral, hemos perdido el mes de marzo para la catequesis y que las comuniones podrían haber comenzado con la semana primera de la Pascua en algunas comunidades y en otras no mucho después ya durante la segunda quincena de abril. Este tiempo, sin embargo, no parece que vaya a ser propicio en las actuales circunstancias, ya que por lo que se comenta de modo ya oficial, tampoco en mayo va a llevarse a cabo una “desescalada” suficiente en el cese de riesgo de contagio como para pensar en una celebración comunitaria de las comuniones, salvo que las autoridades permitieran celebraciones con pequeños grupos en las iglesias, de lo cual no tenemos hasta ahora indicación alguna.

Si la pandemia cediera con la elevación veraniega de la temperatura, según lo que determinen las autoridades sanitarias, dando por finalizado el riesgo de contagio, son las parroquias las que en tal caso deben determinar de acuerdo con las familias si alguna de las semanas de junio podría o no ser aptas para celebrar algunas primeras Comuniones.

3º.- Solución más segura. Si no fuera posible, ¿qué hacer? En el caso de que fueran aprovechables los meses de junio y julio, si para entonces las autoridades sanitarias autorizan celebraciones que reúnen un numero alto de fieles, como sucede con las primeras Comuniones, nada impide que los párrocos que así lo acordaran con las familias, pudieran preparar las comuniones.

Si no fuera eso posible, lo prudente es trasladarlas al mes de septiembre y alargarlas al mes de octubre no sobrepasando de ningún modo la primera quincena de noviembre. Conviene recordar que es competencia de las parroquias y las familias en cada comunidad ―y en su caso, de los colegios católicos, que así lo comunicarán a la parroquia de su demarcación― ver el momento mejor, dentro de dicho período de tiempo, una vez hayan sido salvadas las dificultades que ahora nos impiden proceder de otra manera y siguiendo las normas sanitarias.

Del mismo modo, conforme a lo expuesto más arriba y teniendo en cuenta la interrupción del proceso de preparación sucedida, se recuerda a párrocos, catequistas, formadores y familias que es necesaria la debida preparación catequética para que los niños reciban con fruto la sagrada Eucaristía, por lo cual una vez haya sido tomada una decisión por las parroquias, los párrocos deben procurar la preparación que estimen necesaria para que los niños reciban con fruto la sagrada Comunión.

II. INICIACIÓN CRISTIANA

1º.- Bautismo de los niños infantes

Mientras dure esta situación, siguiendo la normativa vigente establecida por las autoridades civiles, como norma se posponen los bautismos de los niños infantes, salvo peligro de muerte. Se ha de esperar para bautizar a que, al menos, se suavice la normativa y permita que se reúnan grupos de personas. Incluso en tal caso se deberá proceder responsablemente con las debidas precauciones.

De común acuerdo entre el párroco y los padres, se dispondrá la remoción de fechas en el caso de los bautismos que estuvieren ya previstos y no hayan podido realizarse en el presente estado de alarma.

2º.- La Confirmación

El mes de junio ha acogido algunas confirmaciones, aunque siempre tendemos a terminar la mayoría a finales de mayo aprovechando el tiempo y la liturgia pascual, particularmente pata celebraciones de colegios y comunidades que se suman a ellas. Si hubiera autorización para entonces, cabría aprovechar dicho mes, e incluso la primera quincena de julio. Por otra parte, durante los meses de septiembre, octubre y noviembre hasta el Adviento hemos tenido siempre un tiempo apto para la administración de la Confirmación.

Así, pues, nada obsta a que se siga procediendo del mismo modo, siempre que las circunstancias lo permitan, y teniendo en cuenta la debida preparación. Insisto en la preparación específica que la recepción de este sacramento exige de los confirmandos, en la cual no deben escatimar tiempo y dedicación los párrocos y formadores responsables, ayudados de sus equipos de catequistas y colaboradores. No debe olvidarse la disposición de la Instrucción pastoral de los Obispos de las diócesis del Sur de España, en la que se insiste en la necesidad de la instrucción de la catequesis: «La catequesis de Confirmación de los ya bautizados, como es el caso de los niños que han recibido el Bautismo poco después de su nacimiento, o en edad escolar, sin haber recibido la Confirmación, tiene por finalidad instruir a los confirmandos en la identidad y naturaleza del sacramento que reciben como parte sustancial de la iniciación cristiana, que tienen que completar y llevar a término»[4].

3º.- Iniciación cristiana de los catecúmenos

En la diócesis se estaban preparando para la recepción de los tres sacramentos de la Iniciación cristiana algunos catecúmenos adultos que estaban haciendo el segundo año de Catecumenado, habiéndose llegado a la Cuaresma para iniciar la etapa de la Iluminación, siguiendo los pasos previstos por el RICA. Habíamos programado que algunos pudieran concluir en la catedral la Iniciación cristiana, pero la entrada en vigor del estado de alarma por causa de la pandemia interrumpió el proceso, aplazándolo para un tiempo ya libre de contagio.

Es conveniente que los párrocos que tienen en sus parroquias catecúmenos adultos sigan con el proceso de preparación y cumplan con las etapas marcadas por el RICA para los que se encuentran en el segundo y último año de Catecumenado. Del mismo modo, no dejen de tener contacto telefónico o telemático con los que se encuentren en el primer año de Catecumenado.

Los catecúmenos que se encuentran recorriendo el segundo año del proceso catequístico y de introducción en la fe eclesial y la oración, podrán acceder a los sacramentos de la Iniciación cristiana, una vez termine el contagio, siempre que los párrocos los presenten al Delegado Episcopal para la Catequesis y el Catecumenado para concretar la fecha de su integración plena en la comunidad eclesial.

Con relación a los niños no bautizados y en edad escolar, es preciso que los párrocos cuiden la instrucción en la fe de estos niños, sin ocultar su condición de no bautizados en preparación para recibir el bautismo. Será muy importante la introducción progresiva en la comunidad eclesial, acompañados de los niños o ya adolescentes bautizados en grupos de catequesis homogéneos.

De esta introducción forma parte la progresiva experiencia de la oración y la vida espiritual de la Iglesia. Las familias tienen su cometido, ya que se trata de niños o adolescentes no bautizados, porque así lo decidieron en su día la familia de cada uno de ellos, o bien por diversas circunstancias que pueden explicar su situación actual de hallarse sin haber recibido el bautismo. Por tanto, son en particular los sacerdotes y los catequistas los que han de llevar a cabo el recorrido o «itinerario» de la preparación de estos catecúmenos para la recepción de los sacramentos de la Iniciación cristiana. Es decir, los itinerarios, en cada caso, de los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y de la Eucaristía. En estos casos pueden algunas veces los abuelos ayudar mucho a la cristianización de estos niños y adolescentes.

Ténganse presentes las opciones que caben:

1º. En el caso de los adolescentes, como en el de los jóvenes no bautizados, será necesario mantener la unidad de la Iniciación cristiana y dispensar los tres sacramentos, como sucede con los adultos.

2º. En el caso de los niños, tal como consta en la normativa vigente en la diócesis, puede seguirse el itinerario que termina en el Bautismo y primera Comunión; y posponer para poco después (un tramo temporal corto) la recepción de la Confirmación con otros adolescentes.

III. ADMINISTRACIÓN DE LA CONFESIÓN, VIATICO Y UNCIÓN DE ENFERMOS

Es un derecho fundamental de las personas morir en la fe que profesan, por eso no se deje de atender en la forma debida a este derecho, porque lo contrario podría suponer no respetar la conciencia religiosa de las personas, cuyos derechos están garantizados por el ordenamiento constitucional. De cualquier forma, salvo casos de especial gravedad, no parece que no se esté respetando este derecho. Por tanto, tomadas las debidas precauciones sanitarias, es preciso atender a las personas que soliciten la Confesión y a los moribundos que pidan el Santo Viático y el Sacramento de la Unción de los enfermos. De hecho, vemos que así se viene haciendo, y la autoridad respeta este derecho. Si en algún momento las autoridades sanitarias impiden el acceso al enfermo es por gravísimo riesgo de contagio, en cuyo caso se deben acatar sus instrucciones.

En nuestra diócesis no se dan hasta el presente situaciones contempladas por el Decreto de la Penitenciaría Apostólica de 20 de marzo de 2020[5], en el cual se indicaba también que, con la autoridad del Santo Padre Francisco y durante el tiempo que se prolongue esta dolorosa pandemia, se concedía Indulgencia plenaria en las condiciones establecidas por la Iglesia (confesar, comulgar y orar por el Santo Padre):

― A los enfermos individuales que ―ante el grave riesgo de contagio y ausencia del sacerdote por determinación sanitaria― no pueden ser escuchados en Confesión ni recibir el Viatico ni la Unción de Enfermos y, arrepentidos de sus pecados y amando a Dios sobre todas las cosas, hagan un acto de perfecta contrición interior, que produce el perdón de los pecados[6], con el firme propósito de confesarse o votum confessionis y recibir la sagrada Comunión cuando recobren la salud y/o se lo permitan las circunstancias de su enfermedad.

― A los enfermos que, arrepentidos interiormente de sus pecados, en la medida en que puedan, ya que no pueden cumplir las condiciones establecidas por la Iglesia por hallarse «en grave peligro de muerte, siempre que estén debidamente dispuestos y hayan rezado durante su vida algunas oraciones (en este caso la Iglesia suple a las tres condiciones habituales requeridas)».

 ― A quienes se encuentran en cuarentena, así como los sanitarios y los familiares que se exponen al riesgo de contagio por ayudar a los afectados por el Covid-19, si recitaren el Credo, el Padre Nuestro y una oración a María.

― A todos los fieles que en oración asidua supliquen de Dios Nuestro Señor la curación de los enfermos y el cese definitivo de esta pandemia. Estos fieles podrán elegir diversos actos de piedad cristiana que unirán a las tres condiciones establecidas por la Iglesia, como son las siguientes prácticas cristianas: «visitar el Santísimo Sacramento o la adoración Eucarística o leer las Sagradas Escrituras durante al menos media hora, o recitar el Rosario, el Vía Crucis o la Coronilla de la Divina Misericordia, pedir a Dios el fin de la epidemia, el alivio de los enfermos y la salvación eterna para aquellos a los que el Señor ha llamado a sí».

IV.- SACRAMENTO DEL MATRIMONIO

Finalmente, cualquiera puede ver que lo más razonable es posponer hasta que existan condiciones que garanticen la celebración cristiana del sacramento del matrimonio; es decir, hasta que se levanten las restricciones que están vigentes durante el estado de alarma.

En este sentido, conforme a la praxis diocesana para la elaboración de los expedientes matrimoniales, se han de considerar válidas las actuaciones protocolarias realizas hasta el presente, y retomar su continuación hasta completar los expedientes en el estado en que hayan sido suspendidos por la declaración del estado de alarma.

Así, pues, todo cuanto se debe actuar en la parroquia ateniéndose a la jurisdicción del Cura párroco como lo que sea propio según los casos y corresponda a la Curia Episcopal y se haya llevado a cabo tiene plena validez y se retomará de nuevo hasta su conclusión cuando sea posible, fijándose a partir de ese momento la remoción de fechas para la celebración del sacramento.

No es necesario reiterar que la preparación de catequesis del matrimonio es de la mayor importancia, como venimos exponiendo y comprometiéndonos a ello en los planes pastorales, tarea de siempre y hoy compromiso de anuncio y evangelización necesaria, idónea para recuperar a muchos bautizados en los cuales la semilla de la catequesis de la infancia, adolescencia y de la primera juventud no deja de producir sus frutos. No basta sólo la igualmente necesaria preparación para la vida conyugal y la familia realizada desde la perspectiva de las ciencias humanas. Se requiere una labor de instrucción en la fe y de introducción adulta en la experiencia del amor de Dios vivido en el amor humano.

Dios ofrece a los esposos participar del amor originario que es Dios mismo, del cual dimana todo amor. Dios, que es amor, los constituyó en amor para que pudieran ser asociados a su divina acción creadora transmitiendo la vida, y para felicidad del hombre y de la mujer; y para que así, unidos por su recíproca entrega y compañía, pudieran superar las dificultades que ha de afrontar la vida matrimonial y de familia. Hay que instruir en el sacramento y exponer bien y preparar el desarrollo de la colación litúrgica, evitando la mera comercialización de la celebración tan tentadora, pero vaciada de contenido religioso y sacramental.

V.- REFLEXIÓN CONCLUSIVA

Es de desear que todos los agentes pastorales, pero principalmente los párrocos deben asumir la responsabilidad que a ellos confía la Iglesia en la administración de los sacramentos, y que la Iglesia defiende mediante su participación en la potestad de jurisdicción. Que el celo sacerdotal y la caridad pastoral en estas circunstancias difíciles no queden bloqueados por el confinamiento. La compleja situación que estamos viviendo no cabe duda que repercute sobre la condición cotidiana de la vida humana, pero el dolor que padecen los enfermos y los sufrimientos ocasionados a los familiares de los fallecidos, unidos a la inmolación de éstos debe ayudarnos a todos a meditar sobre la verdad de la vida humana a la luz de la fe y sobre el alcance salvífico del dolor, al que dedicó san Juan Pablo II la encíclica sobre el dolor humano y su sentido redentor unido al dolor de Cristo, en la que, refiriéndose a la función terapéutica de la medicina frente al dolor humano, el santo papa dice:

«Puede que la medicina, en cuanto ciencia y a la vez arte de curar, descubra en el vasto terreno del sufrimiento del hombre el sector más conocido, el identificado con mayor precisión y relativamente más compensado por los métodos del “reaccionar” (es decir, de la terapéutica). Sin embargo, éste es sólo un sector (…) El sufrimiento es algo todavía más amplio que la enfermedad, más complejo y a la vez más profundamente enraizado en la humanidad misma»[7].

Esta aguda consideración de san Juan Pablo II nos devuelve, ya que la sociedad evolucionada actual tan profundamente secularizada parece haberlo olvidado, a la cuestión hondísima del sentido del sufrimiento redentor de Cristo, en comunión hasta la pasión y la cruz que precedió a su muerte con nuestra condición humana. Cristo murió por nosotros para que no muramos definitivamente. Es aquí donde la presentación del mensaje cristiano no puede obviar aquello que una cultura como la imperante, que excluye de modo voluntarista toda incomodidad para vivir con sentido en este mundo, tiene que afrontar pastoralmente que el sentido del gozo y del sufrimiento, los “gozos y las angustias” de los hombres de los que habló el Vaticano II, y que la Iglesia quiere compartir con todos los humanos, sólo reciben sentido pleno de la luz que proviene de la fe. El Concilio dejó bellamente formulado el sentido que ilumina cuanto de gozo y sufrimiento experimenta el hombre en este mundo, al decir:

«El gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de los afligidos, son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo y no hay nada verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón»[8].

La afirmación tiene una razón de fundamentación que nos lleva a entender la lógica con la que el Concilio desarrolló la Constitución pastoral Gaudium et spes, y que es percibida por la fe en la obra redentora de Cristo. El misterio del hombre, en efecto, se esclarece a la luz del misterio de Cristo[9], iluminando el ser mismo del hombre, porque fue creado en Cristo y en él ha sido redimido. El Concilio remite a las palabras del Apóstol a los Gálatas, donde afirma: «El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gál 2,20); para comentar a continuación: «Padeciendo por nosotros, no sólo nos dio ejemplo para que sigamos sus huellas, sino que también instauró el camino con cuyo seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren un nuevo sentido»[10].

La caridad pastoral verdadera no enmascara nada de lo humano, ni retrocede ante la honda realidad del mal que atenaza al hombre y alcanza su condición creada a causa del pecado. La caridad pastoral debe llevarnos a poner como primer objetivo de nuestra acción la salvación de las almas, en cuyo cumplimiento hemos de aportar la luz de la fe que ilumina el sentido del dolor y su anclaje estructural en la vida del hombre. Una pandemia no es consecuencia del pecado personal de cuantos la sufren, ni el castigo divino de un Dios que venga el pecado mediante la punición, pues ha entregado a su propio Hijo por amor al mundo (cf. Jn 3,16). El hombre, sin embargo, no puede escapar al hecho de que el mal y el sufrimiento, y en última instancia la muerte del hombre (y no meramente la muerte biológica de todo ser vivo) tienen que ver con nuestra existencia terrena y pecadora, que Jesús vino para redimir y salvar devolviéndonos la esperanza de la victoria final sobre la muerte y el pecado.

Se nos ofrece, pues, una ocasión privilegiada para afrontar las dificultades del momento superándolas con generosa caridad pastoral y verdadero espíritu sacerdotal, rompiendo el encantamiento de la idea, a la que ya me he referido en estas semanas de que suple la realidad sacramental y evangelizadora la participación virtual en la celebración sacramental. Ésta requiere, por el contrario que, una vez superada la dificultad del presente, pronto podamos volver al encuentro con Cristo en el sacramento y en él con el Dios que es Unidad en la Santa Trinidad del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

Así lo deseo de corazón, suplicando al Señor acoja los sufrimientos de los enfermos y alivie su estado, y por la intercesión de la Virgen María, Salud de los enfermos y de san José, devuelva la salud a cuantos sufren la enfermedad y acoja a los que han fallecido en su presencia por causa de esta pandemia.

Almería, a 17 de abril de 2020
Vienes de la Octava de Pascua

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería


[1] Congregación para el Clero, Directorio para la Catequesis, n. 177.

[2] Directorio, n. 178.

[3] Código de Derecho Canónico, can. 913.

[4] Cf. Renacidos del agua y del Espíritu. Instrucción pastoral sobre la iniciación cristiana (Córdoba 8 septiembre 2013), n. 38 [disposición 4] (Madrid 2013) 113-114.

[5] Penitenciaría apostólica, Decreto (20 marzo 2020). Por el que se concede el don de Indulgencias especiales a los fieles que sufren la enfermedad de Covid-19, comúnmente conocida como Coronavirus, así como a los trabajadores de la salud, a los familiares y a todos aquellos que, en cualquier calidad, los cuidan.
Fuente y acceso (15.4.20): https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2020/03/20/-pande.html

[6] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1452.

[7] San Juan Pablo II, Carta encíclica sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano Salvifici doloris (11 febrero 1984), n. 5.

[8] Vaticano II, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes [GS], n. 1.

[9] GS, n. 22a.

[10] GS, n. 22b; cf. la nota 34, que remite a 1 Pe 2,21; Mt 16,24; Lc 14,27.

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