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ADVIENTO, TIEMPO PARA ACOGER AL QUE VIENE A SALVARNOS

Queridos diocesanos:

Con la llegada del Adviento comenzamos un nuevo ciclo litúrgico que da comienzo al nuevo año eclesial. El Adviento es un tiempo para la espera y la esperanza, ambas entretejidas de inquietud y gozo. Inquietud, ante la novedad que se espera irrumpirá en la vida rompiendo el velo de su carácter cotidiano; y gozo, porque con la novedad que irrumpe llega la salvación prometida, que sólo puede venir de Dios.
Ante la desesperanza de algunos por la demora de la llegada de Cristo, cuyo retorno glorioso esperaban como inminente los cristianos de aquella primera hora de la Iglesia, el príncipe de los Apóstoles les recuerda que hay algo que no pueden ignorar: «que ante el Señor un día es como mil años y, mil años como un día. No se retrasa el Señor en el cumplimiento de su promesa…, sino que usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión» (2 Pe 3,8-9).
En estas fechas últimas del año, en las semanas que ponen fin al año litúrgico que termina y en la primera semana del nuevo año que comienza con el Adviento, la Iglesia coloca a los fieles ante las realidades últimas o postrimerías. Son las realidades límite que determinan la existencia del hombre para salvación o condena eterna. Las parábolas de Jesús referidas a estas realidades nos remiten a la responsabilidad de nuestras acciones ante Dios, exhortándonos a la vigilancia en espera de la llegada del Hijo del hombre: la parábola sobre las diez doncellas, necias y las prudentes, que salieron a recibir al esposo con sus lámparas; la de los talentos que los servidores recibieron del señor que se ausentó dejando en sus manos diferentes sumas de gestión; y, sobre todo, la parábola del juicio final. Todas recogidas en el capítulo 25 de san Mateo.
Junto con las parábolas, los discursos de Jesús sobre sobre la llegada del Hijo del hombre y su manifestación gloriosa (cf. Mt 24,26-35; Mc 13,24-31), con resonancia cósmica, discursos en los que los evangelistas amalgaman las palabras de Jesús sobre el fin de Jerusalén (cf. Mc 13,14-23) y las referidas al final de la historia y del cosmos creado, en cuyo marco sitúan los evangelistas la manifestación gloriosa del Hijo del hombre. Narraciones vertidas en el género literario llamado apocalíptico, dotado de un gran imaginario de símbolos y signos, con una conclusión de grave alcance moral ante lo que viene: la llamada a la vigilancia, para no ser sorprendidos (Mt 24,36-44; Mc 13,33-37). Estos últimos versículos de san Marcos los encontramos en el evangelio de este primer domingo de Adviento, que se abre con una advertencia: «Velad, entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa… no sea que os encuentre dormidos» (Mc 13,35.36).
Hoy vivimos aletargados como nunca antes desde la predicación apostólica del Evangelio. Las persecuciones y la amenaza del martirio en la Iglesia antigua y, pasados los siglos las modernas persecuciones del pasado siglo tuvieron el efecto de acrecentar el deseo del retorno del Señor, viviendo el derramamiento de su sangre como tránsito definitivo a la vida eterna para «estar con Cristo». Las lecturas del Oficio divino desde la conmemoración de los fieles difuntos en adelante colocan a cuantos recitan la liturgia de las horas ante el destino mortal de todo ser humano y la llamada a la conversión. Para mejor lograrlo, la lectura continuada de la Escritura —la lectio divina— es acompañada por algunos sermones de los santos padres que se detienen en el contenido y real objeto de la esperanza de cuantos se confiesan redimidos por la muerte de Cristo.
Varios son los comentarios de los padres de la Iglesia antigua, sobre todo san Agustín y san Cirilo de Jerusalén, acerca de las distintas venidas de Cristo, que desde muy pronto miran a las dos que el Adviento contempla en modo propio: la venida en carne, es la venida histórica acontecida en el tiempo como obediencia del Hijo al Padre por causa de la redención; y la venida en gloria o escatológica, para la consumación del mundo creado y la historia humana en Dios. Ambas venidas han sido ampliamente comentadas a lo largo de la historia de la Iglesia. Entre ambas se coloca la venida espiritual e inmediata a cada alma, por la cual el Señor está haciéndose presente en la vida de cada uno. Una de las lecturas de autores modernos sobre esta venida espiritual de Cristo al alma la encontramos el lunes de la primera semana de Adviento extraída de las cartas pastorales de san Carlos Borromeo, que dice: «La Iglesia desea vivamente hacernos comprender que así como Cristo vino una vez al mundo en la carne, de la misma manera está dispuesto a volver en cualquier momento, para habitar espiritualmente en nuestra alma con la abundancia de sus gracias, si nosotros, por nuestra parte, quitamos todo obstáculo» .
Tal vez el texto del Nuevo Testamento que más ha podido inspirar los diversos comentarios a esta venida del Señor sea el mensaje que, en el libro del Apocalipsis, recibe el Ángel de la Iglesia de Laodicea de parte del Resucitado, el «Testigo fiel y veraz», con destino a esta Iglesia: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20). La belleza de este pasaje ha encontrado eco en el arte, y entre otras interpretaciones la muy conocida de Willian Holman Hunt (1853/54), en la Galería de Arte de la Ciudad de Manchester.

Este anticipo espiritual de la venida de Cristo al alma lo es de la vida eterna y alimenta la esperanza de alcanzarla. En verdad, como dice san Agustín, «no es poca la alegría de la esperanza, que ha de convertirse luego en posesión», para proseguir: «Ahora amamos en esperanza. Por eso dice el salmo que “el justo se alegra con el Señor”. Y añade, enseguida, porque no posee la clara visión: “y espera en él”» .
El Adviento nos sitúa entre ambas venidas del Señor, en carne y en gloria, pero aviva en nosotros la experiencia de su venida al alma del que le ama, una venida que tiene en los sacramentos un lugar de experiencia singular para la vida de fe, esperanza y caridad. Las tres virtudes infundidas por obra del Espíritu Santo en el bautizado, sin las cuales se debilita hasta desaparecer la vida cristiana. Por eso, el Adviento es una llamada a la conversión del alma para acoger al que viene en el sacramento y, por su gracia, dar cabida en nuestra vida a los hermanos que él ha querido que acojamos a como a él mismo, haciendo de ellos lugar de su venida a nosotros.
Con todo afecto y bendición.

Almería, a 29 de noviembre de 2020
Domingo I de Adviento

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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