Homilías Obispo

HOMILÍA EN LA VIGILIA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA

Lecturas bíblicas: Rm 5,12-21; Cántico: Is 61,10-62,3  (“Desbordo de gozo con el Señor…”); Lc 1,26-38

Queridos hermanos y hermanas:

Después de haber recitado las primeras Vísperas de la solemnidad que hoy nos convoca en la Catedral, nos reunimos al llegar la noche para la alabanza y meditación del Oficio divino en honor de la Inmaculada Concepción de María. En el año litúrgico que acabamos en comenzar la solemnidad de la Inmaculada vuelve a caer en domingo, por lo cual no podemos menos de advertir cómo la figura de la inmaculada Madre de Dios es inseparable del Adviento, más aún la Virgen es la gran figura que, después de las figuras proféticas de Isaías y del Bautista ocupa de modo especial la parte final del Adviento que nos lleva a la contemplación el Hijo de Dios hecho carne en Belén.

María personifica la esperanza confiada en la acción de Dios que viene a salvar a su pueblo. María ha sido visitada por el Señor y el Espíritu Santo la cubrirá con su sombra, de modo que «el que ha de nacer será santo y se le llamará Hijo de Dios» (Lc 1,35). El que nacerá de ella, de María Virgen, viene de Dios y no de los hombres, porque «no será nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino de Dios» (Jn 1,13). La existencia de María pende enteramente de Dios, porque sólo en Dios se apoya la hija de Sión, sólo la fe en Dios sostiene a María en la difícil situación en la cual la sitúa el ángel Gabriel: ¿qué dirán de ella su familia y sus paisanos de Nazaret? ¿Qué dirá José, su prometido, que la ha desposado para recibirla en su casa cuando la vea encinta y sin explicación humana posible?

María está sola ante José y su familia, ante sus paisanos y conoce la dura legislación que castiga el adulterio, pero María confía en el Señor y se fía plenamente de la respuesta del ángel, aunque no comprenda todo lo que Dios quiere de ella. Así lo cree, aun cuando no conoce aún varón y ha acudido virgen a los esponsales como prometida de José. El ángel la ha confirmado en aquello que sabe una hija fiel de Israel: que, en verdad, «para Dios nada hay imposible» (Lc 1,37).  El ángel había recordado a María lo mismo que los tres varones desconocidos que visitaron a Abrahán junto a la encina de Mambré le recordaron a padre de los creyentes y a Sara su mujer, al anunciarles que habían de tener un hijo a pesar de su ancianidad. Habían deseado con esperanza tener un hijo, el hijo esperado por Abrahán y que no había llegado y ya ambos eran ancianos; y por eso «Sara se rio para sus adentros…, pero los visitantes dijeron: “Por qué se ha reído Sara… ¿Hay algo imposible para el Señor?”» (Gn 18,12.13).

María, en contraposición a Sara, cree al ángel que llega a ella anunciándole un hijo de parte de Dios, mientras Sara se ríe al escuchar que será madre. Sucede que Sara confía más el curso natural de las cosas que en el poder de Dios. El curso natural de las cosas que a nosotros nos parece lo único seguro se rinde al Creador que lo ha establecido, por eso Jesús les dice a sus discípulos que se interrogan por qué ellos no han podido echar los demonios como lo hace él: «Por vuestra poca fe. En verdad os digo que, si tuvierais fe como un grano de mostaza, le diríais a aquel monte: “trasládate desde ahí hasta aquí, y se trasladaría. Nada os sería imposible”» (Mt 17,20). Jesús echa en cara a sus discípulos la falta de fe, como lo hizo con Pedro, al que mandó venir a él sobre las aguas, tal como Pedro deseaba, llevado de su impulsivo temperamento, pero dudó y comenzó a hundirse, y pidió a Jesús que lo salvara. Jesús le dijo: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?» (Mt 14,31).

También Zacarías que era sacerdote del Señor y servía el culto del templo de Jerusalén, dudó como Sara, cuando en el santo de los santos, tras el velo del templo el ángel Gabriel le anunció el nacimiento de Juan Bautista. Tanto él como Isabel, su mujer, eran ya ancianos y, aunque siempre habían deseado tener un hijo, el curso natural de las cosas les hacía ver que ellos ya habían quedado excluidos de la esperanza de engendrar la vida. Eran ya ancianos sin esperanza, a los que el poder de Dios les devolvía la esperanza perdida. Zacarías, sin embargo, dudó y quedó mudo hasta que llegó el nacimiento del Precursor, que saltó de gozo en el vientre de su madre Isabel, ya anciana al presentir al Mesías en el vientre de María. Dios recató a Isabel de la esterilidad, como había hecho con Ana la madre del profeta Samuel, respondiendo a la súplica que Ana entre lágrimas había derramado ante el Señor en el templo de Silo, causando la extrañeza del sacerdote Elí.

Por contraposición a estas figuras marcadas por la duda y la falta de fe, María encarna la fe en Dios y la aceptación gozosa de la palabra de salvación que viene de Dios. Por eso pudo san Agustín decir, en efecto, sus conocidas palabras: que María concibió a Jesús antes en la mente que en el vientre; es decir, lo concibió primero por la fe; y después en su vientre, pues Dios hizo fructificar en ella el fruto bendito de sus entrañas entrando en este mundo la Palabra hecha carne por el fiat, el sí de María al ángel que la saluda como la llena de gracia de parte de Dios. María se convierte así de criatura e hija del Creador en Madre de Dios y en Esposa del Espíritu Santo, por medio del cual Dios Padre crea en las entrañas purísimas de la Virgen una humanidad nueva para su Hijo.

La invitación a la alegría que el ángel Gabriel hace a María tiene en el cántico de Isaías el motivo de la respuesta que como asamblea hemos acompañado con la recitación de los versos del profeta antes de la proclamación del evangelio de la Anunciación según san Lucas. El cántico describe la alegría de la novia, de la esposa del Señor que, en primer término, el profeta ve en el pueblo santo de Israel, pero esta imagen nupcial se proyectará sobre el futuro de Dios para el resto fiel de Israel que se prolongará en la Iglesia, la comunidad de los creyentes que se ha de mantener fiel a la tradición de fe del pueblo judío y que, al mismo tiempo, la rebasa. La Iglesia es la Esposa de Cristo Señor, y María es la figura que encarna y simboliza a la Iglesia Esposa.  Por eso, el Apóstol de las gentes dirá que su obra de evangelización tiene la finalidad de desposar a la comunidad de los fieles con Cristo. Cristo «se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra; y para presentársela gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada» (Ef 5,26-27). El Apóstol ponía este amor de Cristo Esposo por la Iglesia como modelo y ejemplo que seguir de todos los maridos, que así han de amar a sus esposas.

María es la figura mayor de la Iglesia madre, que es esposa santa e inmaculada de Cristo. María anuncia y ejemplifica anticipadamente la santidad inmaculada de la Iglesia y, aunque la Iglesia esté formada por pecadores, su santidad se hace realidad en los hijos de Dios que en ella son engendrados para la vida eterna, y se manifiesta en los santos de un modo preminente. San Juan Pablo II lo dice bellamente: «Porque al igual que María está al servicio del misterio de la encarnación, así la Iglesia permanece al servicio del misterio de la adopción como hijos por medio de la gracia»[1].

Mediante la gracia santificadora, que la Iglesia administra, van transformándose los pecadores en santos, engendrados en el seno de la Iglesia como hijos e hijas de Dios en el Hijo amado del Padre. Sólo con la condición de dejarse amar por Dios, por este amor van configurándose con Cristo en la continuidad ordinaria de la vida cristiana que caracteriza la vida de tantos fieles que así viven la fe, a los que el Papa Francisco ha llamado “los santos de la puerta de al lado”, que son «aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, “la clase media de la santidad”»[2].

El paralelismo que se establece entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa, dimana de la contraposición entre Adán, el hombre viejo, y Cristo, el hombre nuevo, figura tipo la de Adán que tiene su anti-tipo en Cristo Jesús. San Pablo ofrece en la carta a los Romanos el desarrollo de esta tipología y su réplica: de Adán deriva el pecado y la humanidad pecadora; de Cristo la humanidad redimida y salvada. Fue así, para que Cristo, el Santo de Dios, como lo confesó san Pedro en Cesarea de Filipo, fuera el primogénito de muchos hermanos llamados, en razón de su resurrección, a ser configurados con su nueva humanidad redimida y glorificada. Sucedió como reza la oración sobre las ofrendas de la Misa de la Virgen al decir del nacimiento virginal Cristo que «no menoscabó la integridad de su Madre, sino que la santificó», haciendo de ella humanidad anticipadamente redimida a fin de que de ella naciera el Redentor de los hombres y Salvador del mundo. Es decir, sucedió así, como concluye la oración: para que por el nacimiento virginal de Cristo de la Inmaculada Virgen María «nos libre del peso de nuestros pecados y vuelva así aceptable nuestra ofrenda delante de sus ojos»[3].

Que la intercesión de la Inmaculada Virgen María nos ayude a recibir de Cristo nuestra santificación, en un mundo necesitado de ejemplos de santidad para que la humanidad llegue a su regeneración conforme al modelo de humanidad nueva que Dios nos ofrecido en Jesucristo.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Vigilia de la Inmaculada

7 de diciembre de 2019

 

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

[1] San Juan Pablo II, Carta encíclica sobre la B. V. María en la vida de la Iglesia peregrina Redemptoris Mater (25 marzo 1987), n. 43c.

[2] Francisco, Exhortación apostólica sobre la llamada a la santidad en el mundo actual Gaudete et exultate (19 marzo 2018), n. 6.

[3] Misal Romano: Oración sobre las ofrendas de la Misa I del Común de Santa María Virgen.

Mostrar más

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba
Cerrar
Cerrar
X