Homilías Obispo

HOMILÍA EN LA MISA VOTIVA DEL CORAZÓN DE JESÚS POR LA SANTIFICACIÓN DE LOS SACERDOTES

Lecturas bíblicas: Os 11,1b.3-4.8c-9; Sal responsorial: Is 12,2-3.4abc.5-6; Ef 3,14-19; Jn 15,1-8

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos:

Acabamos de bendecir la imagen del sagrado Corazón de Jesús, réplica del monumento que nos legó Mons. Alfonso Ródenas García, gran obispo de nuestra Iglesia, de feliz y bienaventurada memoria. Aquella imagen de los años cincuenta ha sido restaurada y de nuevo colocada en su lugar en el jardín del Seminario. Gracias a la restauración, que era obligada por el paso del tiempo, la imagen ante la cual acabamos de consagrarnos al sagrado Corazón de Jesús, prolonga en la bella escultura que replica aquella vieja imagen, la permanente presencia de Cristo entre nosotros. Esta presencia que el Señor prometió y tiene en la persona de sus ministros un lugar de cercanía permanente a los hombres de todas las generaciones, porque por medio de la palabra y los sacramentos que ellos ofrecen en la personad e Cristo, la gracia de la redención y de la santificación sigue haciendo realidad la salvación en el tiempo.

La consagración al Corazón de Jesús ha sido una constante en la espiritualidad sacerdotal, y de hecho ha constituido una verdadera experiencia de gracia para las comunidades cristianas desde que la devoción al Corazón de Cristo ganara el alma del pueblo cristiano, reorientando hacia la persona divina del Redentor el fervor de la devoción cristiana. Pueblos enteros se han consagrado al Corazón de nuestro Salvador, para recibir por la intercesión del Mediador único entre Dios y los hombres la gracia de la salvación y los dones del Espíritu Santo, los consuelos de Dios que alivian los sufrimientos humanos y orientan nuestra vida a su propio fundamento: a Dios, que por amor creó el mundo y por amor lo redimió rescatándolo de su perdición eterna.

La consagración al sagrado Corazón de Jesús ha tenido y ha de seguir teniendo en la espiritualidad sacerdotal el lugar de privilegio que sólo al Hijo de Dios corresponde, centrando en él los pensamientos y acciones, la respiración y los anhelos de aquellos a los que Jesús eligió para ser pescadores de hombres y hacedores de la cura de salvación que el mismo Cristo le ha confiado. Podemos preguntarnos por qué, y la respuesta no puede ser otra: sólo en la configuración con aquel que quiso hacer de sus ministros un sacramento existencial de su presencia entre los hombres es la razón y el fundamento del ministerio espiritual en la Iglesia. Sin configuración con Cristo el apostolado y la acción pastoral del sacerdote no puede nunca lograr el fin para el que Cristo instituyó el sacerdocio de la nueva Alianza en su sangre.

Ciertamente, la acción de la gracia no depende de la santidad del ministro, como pretendían los herejes donatistas en la antigüedad cristiana, contra los cuales combatió con decisión san Agustín. Dios ha querido, sin embargo, que la santidad sea la vocación universal de los discípulos de Cristo, y ha querido que esta vocación a la santidad brille con especial significado en los ministros de Cristo, como signo visible de la santidad del Esposo de la Iglesia, de Cristo Jesús santificado por el Padre para revelar en su entrega a la pasión y a la cruz el amor misericordioso de Dios por la humanidad.

Para lograr la santidad sacerdotal, Jesús la suplico al Padre en la oración sacerdotal de la última Cena. En ella Jesús pide al padre que los suyos sean santificados en la verdad, y esta santificación es en la palabra de Dios, porque dice Jesús al Padres: «tu palabra es verdad» (cf. Jn 17,17). La santificación de los discípulos es acceso al conocimiento de la verdad trascendente de Dios en su santidad inefable, que sólo puede proferir aquel que es la palabra de Dios, Cristo Jesús, y en él Dios se revela como amor insondable, siempre mayor que lo que el hombre puede imaginar: un amor como mar sin fondo ni límites al que se llega entrando por la puerta de la misericordia que Dios abre en el corazón de su Hijo, traspasado por la lanza del soldado. Esta santificación es así amor verdadero de entrega sin retorno, es amor sacrificial, el amor que Jesús está dispuesto a consumar mediante su entrega a la pasión y a la cruz. la santificación de los discípulos les capacita así para dar su vida con Cristo por los hermanos, puesto que «nadie tiene mayor amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Ama quien permanece en Jesús, y permanece en él quien es santificado en la verdad entregando sacrificialmente su vida con Cristo por aquellos a quienes ama.

Permanece en la verdad quien permanece en el amor de Jesús, y por eso la vocación a la santidad de los ministros del Evangelio es la respuesta de amor al amor de Jesucristo por la Iglesia, que elige y conforma a sus ministros para prolongar en el tiempo su entrega de amor. Una donación de sí mismo hasta el límite de la vida, que no cede ante el poder del mal y por rescatar al hombre del pecado arriesga su vida en aras de la salvación del pecador. Un amor que es expropiación de vida tiene singular expresión profética en la profecía de Oseas, el profeta que habla de las cuerdas de amor con las que Dios rescataba al pueblo elegido de sus constantes extravíos. Como un padre amoroso enseña a su hijo a andar, así lo hacía el Señor con Efraím, y lo alzaba en brazos como un padre alza a su hijito sobre su cuello levantándolo sobre el mar de cabezas de la multitud y, con ternura y orgulloso de ser padre y de haber tenido un hijo por que dar la vida, lo cuida y lo protege, aunque el hijo no lo sabe (cf. Os 11,3).

Las palabras del profeta, arraigadas en su propia experiencia del amor infiel de su mujer, anuncian la relación de fidelidad de Dios e infidelidad de los hombres, a los que Dios ama con un amor sin vuelta atrás. Si la infidelidad de los hombres merece el castigo de Dios, el amor por la humanidad lleva a Dios a perdonar una y otra vez al pueblo infiel. Este amor llega a ser, al fin, inmolación por el pueblo elegido y siempre amado, por el cual Dios carga con los crímenes y los pecados de la humanidad sobre sí; porque dice Dios: «que soy Dios y no hombre, santo en medio de ti, y no enemigo a la puerta» (Os 11,9).

Estas palabras del profeta encuentran en Jesús su cumplimiento, el paradigma profético se hace realidad en aquel que es «el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo» (Jn 1,29). Jesús lleva a cabo su misión cargando sobre sí los pecados del mundo, para aniquilarlos en sus sufrimientos y dolores: «Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y en sus heridas hemos sido curados» (Is 53,5).  Jesús aniquiló nuestros pecados crucificando al hombre viejo con él en su propia cruz (cf. Rm 6,6); y lo hizo «dándose a sí mismo en expiación (…) expuso su vida a la muerte y fue contando entre los pecadores, cuando cargó sobre sí el pecado de muchos e intercedió por los pecadores» (Is 53,10.12cd).

El amor de Dios revelado en Cristo Jesús manifiesta cómo nos ha amado Dios y de qué modo desconcertante ha querido que este divino amor revelado en la cruz de Jesús se manifieste como designio eterno de amor a la humanidad pecadora. A pesar de nuestras infidelidades, Dios nos recobra de la muerte una y otra vez, y con sus cuerdas de carne quiere atraernos hasta la llaga abierta del Corazón de su Unigénito, para que hallemos en ella refugio y hogar. El Corazón de Cristo se convierte así en el corazón de Dios, donde se alcanza el conocimiento que sólo los bienaventurados logran alcanzar, abarcando «lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano» (Ef 3,18-19).

El amor de Dios es irreversible, porque Dios «no está siempre acusando, ni guarda rencor perpetuo. No nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas… como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestras culpas» (Sal 102,11-12). Dios no es como los hombres, que pagados de sí mismos se consideran mejores que los demás. El amor de Dios no conoce límites, por eso, los ministros del Evangelio, aquellos que él eligió para prolongar en el tiempo su único sacerdocio, «al entregar su vida por Dios y por la salvación de los hermanos van configurándose con Cristo, y han de dar testimonio constante de fidelidad y amor» (Misal Romano: Prefacio I de las ordenaciones de presbítero).La consagración de los sacerdotes se desarrolla devolviendo amor por amor y mediando en su propia existencia sacrificada aquello mismo que realizan en el sacramento en la persona del Señor. En el amor que consume la vida del ministro para salvación de los hermanos, el sacerdote realiza su propia vocación a la santidad y tributa a Dios el culto en espíritu y en verdad que Cristo le ha confiado celebrar.

Es la respuesta de amor que Cristo espera recibir de los hombres por medio de sus ministros, que recogen de los corazones humanos las aspiraciones de un amor siempre herido por causa de los pecados, pero amor redimido por la sangre de Jesús. El sacerdote recoge el amor de Dios que alienta en los corazones de los hombres y colocándolos en la ofrenda del sacrificio eucarístico los presenta al Padre en la Eucaristía, donde Cristo los hace suyos y los incorpora a su sacrificio único. Una ofrenda que es don de Dios y respuesta del hombre al amor divino, que expía el desamor de los pecadores en el sacrificio eucarístico en sufragio por los pecados.

Queridos sacerdotes y diáconos que ejercéis vuestro ministerio colaborando con el ministerio sacerdotal, no dejéis de cultivar la devoción al Corazón de Cristo, porque mediante en ella, Dios nos ayuda por medio del Espíritu a mantenernos unidos a Jesucristo nuestro Señor, para que el misterio de amor que se revela en Corazón de Cristo nos ayude a llevar al mundo la salvación.

En la iglesia del Seminario casa de Espiritualidad «Reina y Señora» Aguadulce-Roquetas de Mar, 21 de junio de 2019

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

 

 

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