Homilías Obispo

HOMILÍA EN EL 25 ANIVERSARIO DE LA BEATIFICACIÓN DE LOS OBISPOS BEATOS DIEGO VENTAJA MILÁN Y MANUEL MEDINA OLMOS Y COMPAÑEROS MÁRTIRES

Lecturas bíblicas: 2 Cor 6,4-10; Sal 22,1-6; Aleluya: Jn 10,14; Jn10,11-16

Ilmo. Sr. Administrador diocesano;

Queridos hermanos sacerdotes, religiosas y fieles laicos;

Hermanos y hermanas en el Señor:

Se cumplen ahora los veinticinco años de la solemne beatificación en el sagrado de la Plaza de San Pedro, del Vaticano, de los Obispos mártires Beatos Manuel Medina Olmos y Diego Ventaja Milán y siete compañeros mártires religiosos de las Escuelas Cristianas. El 10 de octubre de 1993, el santo Papa Juan Pablo II mandaba inscribir en la lista de los beatos a los mártires de Almería, unidos en una única causa los dos obispos, que tan unidos habían estado en vida, ambos, con la diferencia de edad que marcaba casi una generación, la de Don Manuel Medina Olmos, nacido en 1869 y, por tanto, 11 años mayor que Don Diego Ventaja Milán, nacido en 1880. Ambos morían asesinados por amor a Dios y a Cristo, que había hecho de los dos sucesores de los Apóstoles en tiempos de gran convulsión para la patria.

Con ellos fueron beatificados los siete hermanos de las Escuelas Cristianas, que con su sangre regaron el sacrificio espiritual que fue su vida consagrada a la educación cristiana de la infancia y de la juventud, de cuyas aulas saldría el asesino Juan del Águila, jefe del comité de presos y persona de la máxima confianza del Comité revolucionario de Almería. Juan y su joven hermano Rafael quedaron fuertemente impresionados por los obispos que asesinaban mientras les perdonaban cayendo en el barranco del Chisme, en el territorio del municipio almeriense de Vícar. Fueron muertos en nombre de la revolución, considerando los asesinos que la Iglesia era uno de sus mayores enemigos de la revolución.

Han paso muchos años de aquel sacrificio y la sangre de los mártires sigue regando, como san Pablo dirá a los Filipenses de la suya propia: «derramada como libación sobre el sacrificio y la ofrenda de vuestra fe» (Fil 2,17; cf. 2 Tim4,6), sacrificio espiritual de los mártires que sigue derramando sangre inocente en favor de los creyentes en tantos lugares del mundo donde los cristianos sufren la persecución por causa de Cristo.

También en nuestra sociedad de bienestar se sigue sufriendo por Cristo, si bien de un modo incruento, a causa de las descalificaciones, marginaciones sociales e intolerancia impropia de una sociedad democrática que lleva consigo la adhesión a la fe cristiana. Aunque nos parece imposible que pueda suceder algo así, sigue siendo realidad cotidiana padecer por el nombre de Jesús en una sociedad en la que se pretende reducir la profesión de fe al reducto privado de la conciencia, clausurando en ella el ejercicio de un derecho fundamental como la libertad religiosa, pieza clave que cierra el arco de las libertades fundamentales. Se trata de asimilar la libertad religiosa a la mera libertad de pensamiento o de opinión.

Con motivo de la reciente beatificación de los mártires del siglo XX en Almería, la causa del deán José Álvarez-Benavides y de la Torre y 114 compañeros mártires, hemos tenido oportunidad de reflexionar sobre esta realidad cuya actualidad nos ha conmovido en particular con motivo del martirio de tantos cristianos sirios y caldeos de Iraq en la guerra del Oriente cercano. Sufrir por Cristo tiene escenarios propios hasta la sangre en el Cercano Oriente, y en otros países de Asia y África donde los cristianos han padecido y padecen a causa de su fe de un modo terriblemente cruento.

El 25 de marzo del pasado año 2017, bendecíamos y alabábamos a Dios que dio la victoria de los mártires almerienses, entre los que se cuentan junto con los sacerdotes de la diócesis de Almería, hermanos sacerdotes de la esta amada diócesis de Guadix y un buen número de presbíteros de la archidiócesis de Granada. Este acontecimiento de gracia que fue la beatificación de estos mártires, compañeros de martirio de los obispos de Almería y Guadix, sucedía mientras seguen siendo víctimas de la persecución cristianos sirios y caldeos, sacerdotes religiosos y laicos forzados a huir del totalitarismo religioso del yihadismo islámico, como prófugos y apátridas, en busca de refugio y protección.

A estos cristianos y los que son perseguidos en Paquistán, en la India o en Nigeria, por referirnos a algunos de los casos que son actualidad permanente en los medios de comunicación, igual que a los cristianos que fueron víctimas de la persecución religiosa de los años treinta en España, podemos aplicarles con toda justicia las palabras de la segunda carta de san Pablo a los Corintios referidas a él mismo y a sus colaboradores en la evangelización: «Continuamente damos pruebas de que somos ministros de Dios con lo mucho que pasamos: luchas, fatigas, infortunios, apuros, golpes, cárceles, motines, fatigas, noches sin dormir y días sin comer» (2 Cor 6).

Son los sufrimientos que acompañaron la predicación del Evangelio, a los que se añaden los padecidos por la fe a lo largo de los veinte siglos de la historia de la Iglesia. Sangre derramada que, entre nosotros, se permuta por descalificaciones intolerantes de la fe cristiana, de la moral evangélica en tiempos de particular inclemencia, cuando la fe nos pide ir contra corriente, quebrando el pensamiento política y culturalmente correcto, afirmando con nuestra conducta que sólo los mandamientos de la ley de Dios son camino de paz social y concordia verdadera.

No podemos hacer renuncia de nuestra fe con una vida no concorde con la profesión de los labios. Cuesta, pero es el camino de la santidad, a la que Dios nos llama y a la que nos compromete nuestro bautismo. Todo lo podemos vencer, como dice san Pablo con singular fuerza autobiográfica: «¿Quién podrña apartarnos del amor de Cris? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada? (…) en todo esto salimos más que vencedores gracias a Aquel que nos ha amado»(Rm 8,35.37). La victoria nos viene por Aquel que esp rotomártir de nuestra fe, Cristo nuestro Señor. Es una lucha que tenemos con nuestras propias tentaciones, contra los enemigos del alma, que se alían en ocasiones con los enemigos de la vida de los creyentes. Una lucha que, tiene un estilo propio para lograr la victoria: «procediendo con limpieza, saber, paciencia y amabilidad, con dones del Espíritu y amor sincero, llevando la palabra de la verdad y la fuerza de Dios» (1 Cor 6).

A ello la primera carta de san Pedro, observando que, como portadores del Evangelio de Jesús, los cristianos hemos de proceder con honradez y buena conciencia, añade con fuerza exhortativa que este tenor de vida debe acompañarse «dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza» (1 Pe 3,15); de modo que podamos dar oportuna explicación argumentada de la fe que profesamos, de la verdad que hemos conocido en Cristo.

Los obispos mártires hicieron entrega generosa de su vida, asemejándose al buen Pastor, que se entregó por nosotros hasta el sacrificio cruento de la cruz. En el evangelio de san Juan que hemos escuchado, Jesús se sirve de la alegoría del buen pastor, que procede de modo bien diverso a como procede el asalariado, que ante la llegada del lobo huye dejando abandonadas las ovejas. Es propio del buen pastor conocer a sus ovejas y ser conocido por ellas, porque «el buen pastor da su vida por las ovejas» (Jn 10,11). La cercanía del buen pastor es cotidiano amparo de las ovejas; es acompañamiento constante y comprometido de las ovejas, avistando los peligros y protegiéndolas contra la embestida de la voracidad del lobo.

San Pablo advertía por esto a su colaborador el obispo Timoteo recordándole cómo ha de estar dispuesto a desechar las falsas doctrinas, por novedosas y atractivas que puedan parecer, y sostener la fe verdadera frente la herejía y los errores. Le decía que esto había que hacerlo sin cesar «Proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina» (2 Tim 4,2); porque el oído de los superficiales está siempre presto a escuchar placenteramente la invitación a la disidencia y al cisma confeccionándose un magisterio a su medida (cf. 2 Tim 4,3-4). El magisterio del buen pastor es inequívoco y excluye toda ambigüedad, procede de forma propositiva y con la suave orientación de quien confirma en la verdad de la fe, porque no puede declinar la tarea, ya que en ello se le va la vida a sus ovejas.

Todo lo cual exige de manera especial la caridad pastoral, que alienta el amor a los más débiles y se entrega sin descanso al bien de toda la grey. El alcance social del Evangelio dimana del amor que Dios en Cristo nos ha revelado como amor por todos y en especial por los enfermos y los pobres, por los pecadores y alejados.

Fueron pastores buenos nuestros obispos mártires, se enfrentaron a las dificultades de unos tiempos recios, en palabras de santa Teresa de Jesús, y no negaron la fe ni de palabra ni con una conducta errada. Sostuvieron el combate del Evangelio y fueron coronados por Dios con la gracia del martirio. Pidamos al Rey de los mártires que ellos nos ayuden hoy a saber discernir los signos de los tiempos, a no sucumbir al error y mantenernos en la verdad; a amar sin distinción incluso a los que nos persiguen y calumnian, bendiciendo a cuantos nos maldicen, para de esta manera acreditarnos ante Dios.

Contamos con la intercesión de la Santísima Virgen de las Angustias, tan venerada en esta Iglesia diocesana de Guadix. La Virgen Dolorosa que estuvo junto a la cruz de Jesús y fue atravesada por las siete espadas del dolor. Ella, Madre misericordia, vida y esperanza nuestra, viene en auxilio de sus hijos en el sufrimiento, porque es reina de los apóstoles y de los mártires, y nosotros a ella nos confiamos.

S. A. I. Catedral de Guadix

10 de octubre de 2018

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

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