Homilías Obispo

HOMILÍA DE LA FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR Jornada de la Vida Consagrada

Lecturas bíblicas: Hb 2,14-18; Sal 23,7-10; Lc 2,22-40

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

La fiesta de la Presentación de Jesús en el templo no forma parte de fiestas de la Navidad, pero el misterio de Cristo y de María que hoy celebramos sigue a la circuncisión del Señor presente en la solemnidad mariana del primer día del año. El evangelio de la infancia de Jesús se concluye con la peregrinación de Jesús a Jerusalén con sus padres, cuando Jesús cumplió los doce años; una peregrinación que hacía la sagrada Familia con parientes y paisanos con motivo de las fiestas de la Pascua. Fue entonces cuando sucedió la pérdida de Jesús sembrando de inquietud a sus padres, que lo hallaron en el templo «sentado en medio de los maestros [de la ley], escuchándoles y haciéndoles preguntas» (Lc 2,46). Con la peregrinación a Jerusalén, se cierra el evangelio de la infancia y comienza la vida oculta de Jesús, hasta que se manifieste a Israel, acudiendo a que Juan le bautice en las aguas del Jordán. Comienza entonces la vida pública de Jesús, revelado por el Padre no sólo como Siervo del Señor, sino como verdadero Hijo de Dios, enviado al mundo para cumplir la misión de salvación que el Padre le ha confiado.

Esta misión de salvación lleva consigo la entrega plena al designio de Dios en obediente acogida de su voluntad, desarrollando el ministerio que el Padre le ha confiado. En este sentido, es preciso comprender el evangelio de la presentación de Jesús como consagración plena a la voluntad de Dios. Comenta el Papa Benedicto XVI este misterio de la infancia de Jesús, la presentación de Jesús en el templo ahondando en significado que la ley mosaica otorgaba a la presentación de todos los primogénitos varones para ser consagrados a Dios como pertenencia divina (cf. Ex 13,2). Los primogénitos presentados al templo podían, ciertamente, rescatarse (cf. Éx 13,13.14) con un sacrificio de res menor; o «un par de tórtolas o dos pichones» (Lc 2,24; cf. Lv12,8), cuando se trataba de los pobres y no podían costear el sacrificio de una res menor.

Sin embargo, este acontecimiento en el que el protagonista es Jesús adquiere una significación que trasciende el puro rescate para reforzar el carácter de plena consagración a Dios de Jesús. Jesús fue rescatado, pero la intervención profética del anciano Simeón y de la profetisa Ana, hija de Fanuel, nos descubren el significado real del acceso de Jesús al templo: llega para ser consagrado a la misión a la que el Padre le ha enviado al mundo: para ser salvación de las naciones, luz que iluminará a los pueblos y gloria de Israel. Estas palabras de Simeón nos han dejado el cántico del «Nunc dimitis»(«Ahora, Señor, según tu palabra…») con el que cada noche concluye la recitación de la liturgia de las Horas. Simeón habla de la misión de Jesús como iluminación de las naciones y gloria del pueblo elegido, pero también como «causa de que muchos en Israel caigan y se levanten, y como signo de contradicción» (Lc 34). Jesús responderá a los enviados de Juan Bautista, que le preguntan si es el que había de venir o si deben esperar a otro: «Id y decid a Juan lo que habéis visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!» (Lc 7,22-23).

Según Benedicto XVI, el evangelista no dice nada acerca del acto prescrito por la ley para el rescate del primogénito, fuera de citar su fundamentación bíblica en el libro del Levítico; el evangelista se detiene en lo contrario: «la entrega del Niño a Dios, al que tendrá que pertenecer totalmente (…) Aquí en lugar del encuentro entre Dios y su pueblo, en vez del acto de recuperar al primogénito, se produce el ofrecimiento público de Jesús a Dios, su Padre»[1]. Sin duda, el pasaje de Jesús entre los doctores de la ley en el templo ilustra plenamente esta entrega de Jesús que contiene el pasaje de su presentación en el templo. La respuesta de Jesús a sus padres es inquietante para ellos, pero guiados por la fe saben que el destino de Jesús depende del plan de Dios. Jesús respondió a la observación de su madre que declara su angustia y la de José al haberle perdido: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?»; y el evangelista añade: «Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio» (Lc 2,49-50). Esta es la primera declaración de Jesús que evidencia su conciencia de ser «el Hijo»[2].

El evangelista pone de manifiesto que, en verdad, el Hijo eterno de Dios se ha hecho carne y, como lo explicita san Pablo en Gálatas, aconteció así conforme al designio de Dios, para que su Hijo, nacido según su humanidad de una mujer en la plenitud de los tiempos, pudiera «rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la condición de hijos» (Gál 4,5). Misión para la cual, el autor de la carta a los Hebreos, dice a su vez que Jesús, siendo el Hijo de Dios, «participó de nuestra carne y sangre; y así, muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberó a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos» (Hb 2,14.15). Esta es la razón, agrega el autor de Hebreos, por la cual Jesús tenía que parecerse en todo a sus hermanos, siendo compasivo con todos como «pontífice fiel en lo que refiere a Dios y expiar así los pecados del pueblo» (Hb2,17).

Hagamos todavía una consideración sobre lo que este acontecimiento de Cristo tiene de misterio de la vida de la Virgen. La presentación de Jesús en el templo es inseparable de la purificación de María, aunque la madre del Señor no necesitaba ser purificada y, por tanto, ante Dios no estaba obligada a acudir al templo a los cuarenta días. El libro del Levítico dice que la mujer que ha dado a luz quedará impura y requiere un tiempo de purificación ritual de la sangre. Al octavo día será circuncidado el hijo varón, pero la madre «permanecerá treinta y tres días más purificándose de su sangre» (Lv 12,6); y, en diversos plazos para un niño o niña, acudirá a la entrada de la Tienda del Encuentro para presentarse al sacerdote y ofrecer el sacrificio de acción de expiación y «quedará purificada del flujo de su sangre» (Lv 12,7).

Aunque en nuestros días prácticamente se ha perdido, es importante recordar que esta ritualidad judaica pasará al cristianismo y las mujeres que han sido madres acudirán a presentarse a la iglesia parroquial, llevando un cirio encendido en la mano junto con su hijo, para ser bendecidas por el sacerdote. De la fusión de ambos elementos se configura la fiesta de la Candelaria, llena de hermosura de la traición cristiana. La importancia para la vida cristiana de este rito de maternidad iluminada por la fe se reflejará en los misterios gozosos del Rosario, que incorporan en el cuarto misterio la purificación de María uniéndola a la presentación de Jesús en el templo.

También las personas de especial consagración de vida, que han radicalizado la consagración bautismal, sabiéndose entregadas por entero a Dios, purificadas de sus pecados por el bautismo que alcanza a todos los renacidos del agua y del Espíritu Santo, quieren entregarse al Señor y vivir para su amor y proclamar con la consagración de vida las maravillas de Dios. Con un corazón indiviso, viviendo en pobreza, castidad y obediencia, hacen de su vida donación a aquel que es la razón de su propio vivir para Dios. Una entrega sin condiciones al Dios que es hontanar y fuente de la que dimana toda vida. Los religiosos y religiosas están llamados a vivir unidos al Esposo de la Iglesia, Cristo Luz del mundo: a vivir del amor de Dios del cual dimana el amor con el que se entregan al prójimo y hacen de su vida servicio de amor a los hermanos.

Hoy, a la distancia de más de veinte años de la introducción de esta Jornada de la vida consagrada, conviene recordar la importancia que tiene dar a conocer la vida de consagración y, en particular el carisma religioso propiamente tal, tanto de contemplación como apostólico, a todo el pueblo de Dios. Suscitar vocaciones entre los jóvenes de uno y otro sexo, es tarea no pequeña, porque no lo es lograr que el amor por Cristo llegue a fascinarles como para entregar a Dios un corazón indiviso. Pidámoslo al Señor de la mies y supliquemos al que reparte los carismas, al Espíritu Santo del Padre y del Hijo, que en el Sacramento del altar hace posible que el pan y el vino vengan a ser el Cuerpo y Sangre del Redentor, nacido de la Virgen María, muerto y resucitado para nuestra salvación. Amén.

S. A. I. Catedral de la Encarnación

Almería, a 2 de febrero de 2019

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

 

[1] J. Ratzinger / Benedicto XVI, La infancia de Jesús (Madrid 2012) 89.

[2] Biblia de Jerusalén: Nota a Lc 2,49.

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